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PARA LOS NIÑOS VESTIDOS DE HOMBRES
octubre 27, 2006
Cuando las huellas del tiempo causen estragos en tu corazón intenta remediarlo quitando la presión que el hombre moderno siempre lleva en el pecho. ¿Para qué gastar esfuerzos intentando cruzar el mar llenándole de piedras si sabemos que desde la orilla podemos hacer mejores cosas? Es difícil librar una guerra contra esta presión sintética que nos lleva siempre a querer ser los mejores… a estar siempre en lo alto de la montaña. La situación es realmente insoportable porque dicho sentimiento se traduce en una gran vanidad que nos grita, nos apresura, nos obliga a “tener más”, a buscar como si todo se fuera a acabar; nos hace realizar cualquier cosa dejando en un lado muy remoto nuestros principios y fines. Siempre lo sublime, lo imprescindible, será obtener lujos y banalidades, como si ese fuese el camino único a la plenitud existencial.

No, nadie quiere ser un triste tigre que come migajas de trigo de un triste plato, pero la vida del nuevo hombre occidental debe ser mucho más que eso… debe renacer otro sentimiento que lo haga diferenciar en la plaza del mercado. Algunos mueren en el intento, otros dejan que sus barcas sean movidas por cualquier viento, y otros pocos deambulan por lugares extraños, donde sentirse extraño vale y cada una de las personas que se encuentran a su lado, dejan escapar de sus bocas extrañas palabras que a pesar de la incomodidad que les producen los llaman a ser ellos mismos, los hacen sentirse fuertes. Es una fuerza que nace al notar la diferencia entre las motivaciones del común y las de un niño con vestido de hombre que ha dejado la maleta en la puerta de una extraña casa; una maleta cargada de sueños arrendados y aspiraciones de una falsa superioridad, ambos inculcados por una sociedad de consumo que nos puede asesinar si no nos avivamos y de vez en vez miramos lo bien que en la orilla estamos.

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