Estamos dispuestos a inmortalizar ideales, nuestras mentiras.
Tal vez es la fatal afición a la nostalgia, a las fotografías.
Es como el deshidratante gusto por la sal que acompaña al tequila.
Nos desquician los instantes discontinuos de placer,
perder el rumbo, caminar sedientos, extraviar el tiempo.
Estamos dispuestos a elevar a gurmé todas las migajas;
esas deliciosas sobras que erizan nuestros deseos.
Ir sobrevalorando las respuestas del cuerpo al miedo,
sin convicción correr porque el silbato del tren resuena,
ignorar todo lo malo, porque nos hace sentir al extremo.
Estamos dispuestos a huir de nosotros mismos, escondernos.
Es más fácil escoger a la mala compañía, que explotar el ego.
Sin vergüenza comer nuestro orgullo, regurgitarlo,
quedar vacíos, fingir demencia, llenarnos con ausencias;
dejar que venga el diablo, nos arrastre y nos revuelva.
Estamos dispuestos a guardar silencio, ser falsos anacoretas,
a ser anónimos, a ser crimen no confesado.
Sólo dejarnos juzgar por nuestro recuerdo idealizado.
No es amor, son delirios palpitantes, ceder los derechos,
consentir el daño, ser más duda que certeza.
Foto:
Crestfallen